HOMILÍA DE D. JOAQUÍN MARTÍN Y ABAD EN LA MISA POR EL CARDENAL ESTEPA PARA LOS CABALLEROS, DAMAS Y FAMILIARES

Homilía de D. Joaquín Martín y Abad en la misa por el cardenal Estepa para los caballeros, damas y familiares

Ofrecemos, por su interés, la HOMILÍA DEL ILMO. Y RVDO. SR. D. JOAQUÍN MARTÍN Y ABAD, Caballero Comendador Prior de la Sección Centro, pronunciada en la

MISA «CORPORE INSEPULTO» DEL EMMO. Y RVDMO. SR. D. JOSÉ MANUEL, CARDENAL ESTEPA Y LLAURENS, Gran Prior de Honor, Caballero de Gran Cruz, Palma de Jerusalén de Oro

Catedral Castrense, 22 de julio de 2019.

Los Caballeros y Damas de la Lugartenencia de España Occidental de la Orden de Caballería del Santo Sepulcro nos reunimos capitularmente para celebrar esta santa Misa «corpore insepulto» por Mons. Estepa, con verdadera gratitud, por quien hasta hace seis años ha sido Gran Prior del Capítulo Noble de Castilla-León. De sus 93 años de vida y de los 47 años que ha servido a la Iglesia como obispo, sus últimos 25 años los ha compatibilizado también con pertenecer amorosamente y trabajar incansablemente por nuestra Orden del Santo Sepulcro.

Como ya hemos realizado al comienzo de esta concelebración eucarística, pedimos perdón a Dios por sus pecados y por los nuestros y -como seguiremos realizando a lo largo de toda la celebración- damos gracias a Dios por todas las gracias que don José Manuel recibió como cristiano, presbítero, obispo y cardenal de la Iglesia católica y por todas las gracias que nosotros hemos recibido en la Iglesia y en la Orden a través de él. Nos hemos beneficiado de su especialización en Catequética y en catequesis, como también la Iglesia universal entera por sus trabajos de redacción del Catecismo de la Iglesia Católica y en su labor sinodal en el Sínodo de la Catequesis; y él ha impreso en el Capítulo de nuestra Lugartenencia un sentido profundo de formación cristiana y de fraternidad amigable, que nos deja como herencia y que, con su intercesión, intentaremos mantener y acrecentar.

En el día de hoy, cuando además conmemoramos a María Magdalena, en las lecturas propias de esta pecadora santa descubrimos también: el amor que don José Manuel mantenía por Jesucristo, el amor de su alma, con quien suplicamos se haya encontrado más allá de los guardias que guardan la ciudad, como leemos en el Cantar de los Cantares (cf. 3, 3); la sed de Dios, que animaba el ejercicio de su ministerio primero presbiteral y luego episcopal, pues madrugaba por él y confiaba en la mano de Dios, quien lo sostenía (Sal 62, 2 y 9); y su confianza en la resurrección del Señor, desde el sepulcro -al que se le llama en griego ‘Anástasis’, Resurrección- adonde tantas veces peregrinó y tantas veces nos animó a peregrinar no sólo para comprobar que el sepulcro está vacío sino para dejarnos encontrar por Él -a pesar de las lágrimas en la búsqueda-, escuchar de sus labios nuestro nombre y responderle llamándolo como lo que es: «¡Maestro!» (Jn 20, 16), pues sólo con exclamar esa palabra nos reconocemos discípulos de Jesús, muerto y resucitado, con quien ahora nos encontraremos personalmente en este santo Sacrificio y en la sagrada Comunión.

En esta iglesia inauguró y ha mantenido su cátedra, su altar y su sede como arzobispo castrense. Aquí mismo celebró y comió el Cuerpo entregado de Cristo y bebió la sangre del Señor, derramada por todos nosotros. Y nuestro Señor prometió: «el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 51). Ahora, que don José Manuel no puede, lo hacemos nosotros por él, con su misma esperanza, pues tampoco moriremos para siempre al injertar en nuestra vida la misma vida de Dios, desde esta mesa de la Eucaristía hasta la mesa del banquete del Reino de los Cielos. Y a Santa María, que en la Orden invocamos como Nuestra Señora de Palestina y Madre de la Iglesia por ser madre de Cristo, encomendamos el tránsito de Mons. Estepa desde este mundo a la gloria de Dios, Padre, e Hijo y Espíritu Santo, y pedimos que, quien en la tierra a muchos de nosotros nos introdujo en la Orden, a todos nos guarde un sitio cabe Dios en el cielo. Amén.

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